CRÓNICA DE UNA TEJA CORRIDA (Continuación)

La última niña puntual entró por la puerta y Jose la cerró al instante, llevando en sus manos un balón medicinalque más tarde hará parte de esta crónica.

Por ahora, Jose era sólo un profesor y el balón seguía siendo tan sólo un balón, y mi libro era todo en lo que mis sentidos podían prestar atención, así que mi intento de hojear mis bien adelantados apuntes fue infructuoso, por no decir, un desastre. Mis ojos continuaban explicándome que tenían más sentido los rayones del puesto y así terminé leyendo de nuevo.

Sin embargo, la clase prometió ser inolvidable desde el principio. Ni los discursos de Edward, el protagonista de Crepúsculo, consiguieron distraerme del pequeño experimento de Jose, en el cual no hubo heridos de puro milagro. Consistía en descubrir qué sucedía cuando una estudiante de complexión más bien pequeña y delgada intentaba interceptar un balón medicinal lanzado por José Omar, de complexión más bien alta , con una velocidad de bala en las manos y para añadirle más picante, en patines. El resultado fue, naturalmente, la grabación de una caída más bien peligrosa que provocó las risas del curso por más de diez minutos.

Para cuando bajé la vista a mi libro aun reían, así que de la hora se sabe que el incidente de la teja sucedió aproximadamente a las doce y cuarto. Pero eso fue después, en esos instantes Isabella, la protagonista del libro, se disponía a decir algo y yo, como fiel lectora debía leerlo. Eventualmente las fórmulas del tablero, junto con las voces y risas de mis compañeras se tornaron difusas y minutos después, desaparecieron.

La primera cosa que escuché del mundo real fue a la misma alumna del experimento anunciando la llegada del otoño, y al otoño pareció no agradarle la idea, entonces lanzó la ventana contra el marco y consiguió romperla (una buena entrada, en mi opinión) pero no pareció bastarle. Recuerdo que entonces aún seguía demasiado abstraída en mi lectura como para ver lo que luego me contaron; las ventanas moviéndose violentamente para abrirse y cerrarse, el árbol que decora la entrada del salón sacudiéndose todas sus hojas viejas y la huída de los pájaros que casi siempre están cómodos en los salones. Pero Isabella seguía diciendo algo importante y yo decidí seguir escuchándola.

Sólo levanté la vista cuando el salón pareció volverse algo frío, mucho más claro. Y lo que vi fue... interesante.

Digo interesante a falta de una palabra más adecuada, porque el paisaje que me rodeaba había cambiado bastante, pero no fue algo que consiguiera asustarme. Lo más notorio era que al frente del salón, justo encima del locker de Wilson, entraba la luz del medio día, donde antes existían dos tejas. Lo segundo que noté fue que estaba casi sola, y que Jose me dedicaba una mirada alterada y ordenaba que saliéramos. Me levanté algo aturdida y seguí los pies de algunas compañeras, simplemente porque el libro en mis manos aún reclamaba parte de mi atención.

Apenas había puesto mi pie derecho en el patio central cuando emitieron la orden: "Todas las niñas a Preescolar, de inmediato". Y si levantábas la mirada había más o menos diez especímenes que no se creían niñas y caminaban directo a los salones porque quién sabe, si hay un desastre natural puede ser indispensable la maleta, los apuntes de ciencias naturales. Una vez más sólo tenía un pie en la zona verde cuando alguien me quitó el libro de mis manos y me abrazó. Era mi mamá, con mi hermana a sus pies, ambas mirándome con una cara de terror poco habitual en ellas. No alcancé a decirle que estaba bien cuando me interrumpió su mano golpeándome la cabeza.

- Casi se cae el techo de tu salón y lo único que has sacado es tu libro... cargó a mi hermana que ahora miraba mi libro con un brillo creativo en los ojos y continuó: -nunca cambias, pero dime ¿estás bien?

- Claro, a decir verdad salí casi de última y apenas y me di cuenta de lo que pasó, no te preocupes, ve a cumplir tu papel de profesora. Tomé el libro de su mano justo antes de que mi hermana lo agarrara y busqué la hoja en la que iba. Sólo alcancé a escuchar a mi mamá suspirando.

Mientras María Camila enviaba a varios especímenes a Preescolar, el colegio entero parecía haberse transformado. En primer lugar, había una rueda rueda de pan y canela tamaño preescolar, un agua de limones que dejó brazos heridos y varios grupos de niñas ejercitando la función "preocupemos-a-mamá". A lo lejos, se veían varias profesoras consolando a las niñas pequeñas que, sin entender por qué todas estaban tan preocupadas, habían entrado en shock. Muy pocas se sentaban como yo, ajenas al ajetreo del desastre natural, y oían sorprendidas, como yo, a las niñas pegadas a sus celulares diciendo: "Ha sido un tornado, si mamá te lo juro...", o "Se han caído los techos de todo el colegio, te lo dije, hay que tener cuidado...".

Entonces se acalara lo siguiente: que sí, se cayeron algunas tejas de los salones, que otoño está de mal genio en esta temporada y que el libro "Crepúsculo" es un tranquilizante natural. Pero más que todo, que las tejas no cayeron en ninguna cabeza, que el otoño se lo reservan los del norte y los del sur, y que si bien yo estoy loca por leer de vampiros en pleno remolino, a todas se les corrieron unas cuantas tejas mientras eso sucedía.